sábado, 15 de marzo de 2014

“POR ESTE NIÑO ORABA, Y JEHOVÁ ME DIO LO QUE
 PEDÍ. YO PUES, LO DEDICO TAMBIÉN A JEHOVÁ; TODOS LOS DIAS QUE VIVA,  SERÁ DE JEHOVÁ.
Y ADORÓ ALLI A JEHOVÁ”
1SAMUEL 1:1-28

EL VALOR DE UNA MADRE
1 SAMUEL 1:1-28

 Nos enfrentamos a un mundo cambiante, las modas que en una época dominaron las pasarelas del mundo y que pensábamos que eran cosas del pasado han vuelto. Hoy la tecnología está al  alcance de todo el mundo, no es raro ver nuestros abuelos de 70 años pidiendo para el día del padre un celular !y con cámara!, a los niños entre su lonchera  no se les puede quedar el mega juego;  y esto no es malo, debemos reconocer que los juegos de hoy son diferentes a los que tocaron a nuestra generación, en esa época nos empacaban el carrito de bomberos, la flauta, la pistola de agua y a las niñas no le faltaba en su maletín la muñeca de trapo, la repollito  etc. Bienvenida la tecnología, ella es buena si se le da el uso correcto pero se puede convertir en obstáculo cuando abusamos de ella. La tecnología nos facilita más la vivencia en esta vida y las relaciones humanas. Lo realmente malo es que sean estas cosas las que terminen marcando un nuevo modelo de familia en nuestra sociedad. Hemos avanzado y sin duda ya encontramos padres que dan tetero, cambian pañales, cocinan, lavan y planchan despojándonos de ese concepto machista que tanto daño ha hecho. Pero por otro lado encontramos el abuso de muchas mujeres madres que ante este cambio masculino han descuidado sus obligaciones. Ser madre encierra una de las más grandes bendiciones de Dios dada a la mujer, la bendición de dar vida. María experimentó esta bendición al tener por nueve meses en su vientre al Salvador del mundo. Hemos abusado porque creemos que cosas o terceros  pueden ocupar o remplazar el tiempo que no pasamos con nuestros hijos, entonces una manera de tenerlos entretenidos es proveyéndoles todo lo que la industria tecnológica coloca a nuestro alcance para ayudar a que mamá cumpla con otras obligaciones como el trabajo.
Ser madre encierra responsabilidad y conocimiento. Responsabilidad de que los hijos  necesitan del cuidado permanente, y que más que cosas tenemos que brindarles lo que realmente necesitan para crecer emocionalmente sanos en la vida sin descuidar lo otro. (Alimento, techo, estudio). Conocimiento para comprender que ellos son prestados, Dios nos los dio por un tiempo y cuando se vayan de nuestro nido se llevarán aquellos desvelos, consejos y formación que como madres hayan invertido en ellos. Sin duda, podemos ser padres cabeza de hogar, realizar todas las funciones con nuestros hijos y brindarles cariño pero siempre faltará ese complemento, la mamá, porque es parte del proyecto divino para que la familia funcione bien.
La Biblia nos presenta la vida de una mujer que entendió bien lo que es preocuparse por el bienestar de un hijo, Ana la madre de Samuel es un modelo a imitar:
Esta mujer no vivió una situación fácil ya que su esposo tenía otra mujer, (época patriarcal) pero este amaba más a Ana y le daba buen trato y comprensión, pero ella era estéril por lo cual quería experimentar ser madre y oró fervientemente a Dios y Él le concedió esa petición porque conocía la intención del corazón de Ana.

Era una mujer temerosa de Dios “...Si te dignares mirar la aflicción de tu sierva”, (11b) si no existe temor de Dios en la vida de una madre que puede importar la conducta o el camino que tomen sus hijos, el amor a Dios se inculca desde la misma casa, ese es el reconocimiento que Pablo da a Timoteo cuando recuerda la fe no fingida (Genuina) que había existido en su abuela Loida y en su madre Eunice y se transmitió a él. (2 Timoteo 1:5). Sin duda esa crianza de estas mujeres fue factor importante para que Timoteo entregara su vida al Señor.

Una mujer preocupada por lo espiritual, “Yo lo dedicaré a Jehová” (11d) nuestros hijos necesitan ser dedicados todos los días al Señor, la oración de una madre por sus hijos nunca será de más al contrario es mostrar el agradecimiento a Dios por habérnoslo  dado. Job como padre cuando sus hijos salían a sus lunadas (reuniones de jóvenes) oraba a Dios por si quizá sus hijos habían hecho algo malo. (Job 1:5).

Una mujer de fe, a pesar de no recibir respuesta inmediata confió en que su petición a Dios no era en vano “Y se fue la mujer por su camino, comió y no estuvo más triste” (18b). La fe es primordial, al confianza que sembremos en ellos hará que nuestros hijos se levanten optimistas frente a la vida pero no es un optimismo humano sino algo infundado desde muy adentro por esa creencia en un Dios cercano que está en cada circunstancia de  nuestra vida.

Una mujer paciente, si no perseveramos en ser atalayas de nuestros hijos, exhortándoles permanentemente sobre el peligro, sobre lo que es bueno o malo, la responsabilidad de sus acciones delante de Dios, ellos no verán la importancia de comportarse temerosos de Dios.

El valor de lo religioso, Ana  se preocupó por el servicio que su hijo podía prestar a Dios, sin duda nuestros hijos son personas dotadas con dones y talentos que Dios quiere utilizar para su gloria, debemos inculcarles el amor por las cosas de Dios y sembrar en ellos la importancia de congregarnos dándoles ejemplo, el valor del servicio, en el templo como una bendición para sus vidas y la de otros. Nuestros hijos deberían aprender a tocar un instrumento, estudiar carreras afines con la labor del Reino, etc. “para que lo lleve y sea presentado delante de Jehová y se quede allí para siempre” (22b). ¿Si nunca los llevamos al templo como querrán después ir?.
Una mujer sacrificial, (2:19)  “Y le hacía su madre una túnica pequeña y se la traía cada año cuando subía con su esposo para ofrecer el sacrificio acostumbrado” que lindo conocer que Ana  elaboraba túnicas a su hijo para el servicio al Señor. Las atenciones de una madre nunca serán de más, siempre crearán en nosotros un agradecimiento permanente; Ana se sentía gradada delante de Dios por la  devoción de su hijo a Dios y cosechó el fruto de lo que sembró “Y todo Israel desde Dan hasta Beerseba conoció, que Samuel era fiel profeta de Jehová” 1 Samuel 3.20).





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