“Estar
enamorado es lo mejor que le puede pasar a alguien” he
escuchado esta frase cantidad de veces, y es que el amor despierta una pasión
inmensa por vivir y porque otros se den cuenta de lo que te está pasando. Parece
ser que nada mejor que encontrar ese ser que te hace sentir completo, cada día
y cada instante se convierte en un momento inolvidable. El problema es
comprender que este tipo de amor se va evaporando como la neblina al abrir el
día, lentamente con el caer de muchos atardeceres cede por las agendas apretadas
de la pareja y por el descuido que caen
las relaciones de pareja.
Esa variedad de colores que solía presentar el día se esfuma para dar
lugar a los tonos opacos y grises. Muchas de las expresiones de galantería se
convierten en simples frases de cajón y el anhelo de compartir con el otro son
solo pequeños momentos que intentan no desaprovechar. Mantener la llama
encendida que arda como una antorcha en lugar alto solo es posible cuando ambos
tienen claro que nada puede ocupar sus espacios, que sacaran tiempo para los
dos a pesar de sus agendas copadas y que siempre será un grato momento el tiempo que pasen juntos.
También la pareja
debe madurar con el tiempo y entender que muchas cosas se pierden para dar
lugar a otras, que el amor se hace más firme y no es reemplazable por las
ocupaciones de la vida, que el verdadero
amor va más allá,, es cuestión de compromiso, fidelidad, interés, respeto y
anhelo por el otro.
Un sabio maestro se
encontró frente a un grupo de jóvenes que se declaraban en contra del
matrimonio. Los muchachos argumentaban que el romanticismo constituye el
verdadero sustento de las parejas y que es preferible acabar con la relación
cuando éste se apaga en lugar de entrar a la hueca monotonía del matrimonio.
El maestro les escuchó con
atención y después les relató un testimonio personal:
- Mis padres vivieron 55
años casados. Una mañana mi mamá bajaba las escaleras para prepararle a papá el
desayuno cuando sufrió un infarto y cayó. Mi padre la alcanzó, la levantó como
pudo y casi a rastras la subió a la camioneta. A toda velocidad, condujo hasta
el hospital mientras su corazón se despedazaba en profunda agonía. Cuando
llegó, por desgracia, ella ya había fallecido.
Durante el sepelio, mi
padre no habló, su mirada estaba perdida. Casi no lloró. Esa noche sus
hijos nos reunimos con él. En un ambiente de dolor y nostalgia recordamos
hermosas anécdotas. Él pidió a mi hermano teólogo que dijera alguna
reflexión sobre la muerte y la eternidad. Mi hermano comenzó a hablar de la
vida después de la muerte. Mi padre escuchaba con gran atención. De pronto
pidió "llévenme al cementerio".
"Papá"
respondimos "¡Son las 11 de la noche! No podemos ir al cementerio ahora!"
Alzó la voz y con una mirada vidriosa dijo: "No discutan conmigo por
favor, no discutan con el hombre que acaba de perder a la que fue su
esposa por 55 años". Se produjo un momento de respetuoso silencio. No
discutimos más. Fuimos al cementerio, pedimos permiso al velador y, con una
linterna llegamos a la lápida. Mi padre la acarició, oró y nos dijo a sus hijos
que veíamos la escena conmovidos: "Fueron 55 buenos años... ¿saben?, Nadie
puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida
con una mujer así". Hizo una pausa y se limpió la cara. "Ella y yo
estuvimos juntos en todo. Alegrías y penas. Cuando nacieron ustedes, cuando me
echaron de mi trabajo, cuando ustedes enfermaban", continuó
"Siempre estuvimos juntos. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos
terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la partida de seres
queridos, rezamos juntos en la sala de espera de muchos hospitales, nos
apoyamos en el dolor, nos abrazamos y perdonamos nuestras faltas... hijos,
ahora se ha ido y estoy contento, ¿saben por qué?, porque se fue antes que yo,
no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme, de quedarse sola después
de mi partida. Seré yo quien pase por eso, y le doy gracias a Dios. La amo
tanto que no me hubiera gustado que sufriera..."
Cuando mi padre terminó de
hablar, mis hermanos y yo teníamos el rostro empapado de lágrimas. Lo abrazamos
y él nos consoló:
- "Todo está bien
hijos, podemos irnos a casa; ha sido un buen día". Esa noche entendí lo
que es el verdadero amor. Dista mucho del romanticismo y no tiene que ver con
el erotismo. Más bien es una comunión de corazones que es posible porque somos
imagen de Dios. Es una alianza que va mucho más allá de los sentidos y es capaz
de sufrir y negarse cualquier cosa por el otro."
Cuando el maestro terminó
de hablar, los jóvenes universitarios no pudieron debatirle. Ese tipo de amor
les superaba en grande. Pero, aunque no tuviesen la valentía de aceptarlo de
inmediato, podían presentir que estaban ante el amor verdadero. El maestro les
había dado la lección más importante de sus vidas.
Que Dios nos ayude
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